Muy buenos días!
¿Qué tal estamos? Hoy os quiero escribir y demostrar cómo las pantallas actúan como una droga más. A ver qué os parece 😉
Vivimos en una época en la que las pantallas han dejado de ser una herramienta puntual para convertirse en un elemento constante de nuestra vida diaria. Están en el trabajo, en el ocio, en la escuela y también en el bolsillo de niños y adolescentes. Y es precisamente esa presencia continua la que ha llevado a muchos profesionales a plantear una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿estamos ante una nueva forma de adicción socialmente aceptada?
Cuando hablamos de “pantallas como droga”, no lo hacemos en un sentido literal o simplista. No se trata de comparar un móvil con una sustancia ilegal, sino de entender cómo funcionan en el cerebro y por qué generan conductas tan parecidas a las de otras adicciones. Me entiendes, ¿verdad?
Las pantallas, especialmente las aplicaciones y plataformas diseñadas para menores y adolescentes, se apoyan en un mecanismo muy concreto: la dopamina. Cada notificación, cada vídeo corto, cada “me gusta” activa el sistema de recompensa del cerebro. Es una sensación breve, placentera y repetible.
Exactamente igual que ocurre con otras conductas adictivas, el cerebro aprende rápido y pide más.
El problema no es el uso puntual, sino la exposición constante y sin límites. Cuando un niño o un adolescente pasa horas saltando de estímulo en estímulo, el cerebro se acostumbra a recompensas inmediatas y pierde tolerancia a la espera, al aburrimiento y al esfuerzo. Esto explica por qué cada vez es más frecuente ver dificultades de concentración, irritabilidad cuando se apaga la pantalla o problemas para dormir.
Hay otro elemento clave: la normalización. A diferencia de otras drogas, las pantallas no solo están permitidas, sino que muchas veces están incentivadas. “Así se entretiene”, “así no molesta”, “así aprende”. El mensaje implícito es que no pasa nada. Y sin embargo, cada vez más familias perciben que algo no encaja cuando el móvil se convierte en el centro de la vida cotidiana.
Esto no significa demonizar la tecnología. Las pantallas no son el enemigo.
El verdadero riesgo aparece cuando sustituyen experiencias esenciales: juego libre, relaciones cara a cara, descanso, deporte, conversación familiar. Igual que ocurre con cualquier sustancia o conducta potencialmente adictiva, el daño no está en la existencia, sino en la falta de límites y de acompañamiento.
Por eso, cada vez más profesionales insisten en cambiar el enfoque. No se trata solo de cuánto tiempo de pantalla, sino de para qué, cómo y con quién. No es lo mismo un uso compartido, explicado y limitado, que un consumo solitario, nocturno y sin normas. Tampoco es lo mismo una pantalla usada como herramienta que una pantalla usada como anestesia emocional.
Este debate es el que da sentido a libros y guías que buscan ayudar a las familias a entender qué está pasando y cómo actuar sin miedo ni culpa. En ese contexto se enmarca el libro “Demasiado pequeños para tanto mundo”, disponible en Amazon, que aborda precisamente esta realidad desde la experiencia profesional y el contacto directo con familias, menores y situaciones reales. No plantea prohibiciones mágicas ni recetas rápidas, sino reflexión, criterio y acompañamiento consciente.
Puedes encontrarlo aquí: https://www.amazon.es/dp/B0G69XBSVK
Entender las pantallas como una posible fuente de dependencia no es exagerar. Es asumir que vivimos en un entorno diseñado para captar atención y que los más jóvenes no tienen todavía las herramientas necesarias para autorregularse solos. Igual que no dejaríamos alcohol o medicamentos al alcance de un niño sin supervisión, tampoco deberíamos dejar su mundo digital completamente a la deriva.
Las pantallas no son una droga en sí mismas. Pero pueden comportarse como tal cuando no hay límites, educación ni presencia adulta.
Y reconocerlo no es un acto de alarma, sino de responsabilidad. Porque educar hoy también significa enseñar a convivir con la tecnología sin que nos consuma.
Como siempre, me gustaría saber tu opinión. Te leo!
Un abrazo, Paco.
