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Ser un poco friki está de moda

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Durante años, los videojuegos han sido observados con desconfianza, asociados casi exclusivamente al ocio improductivo o al aislamiento social. Sin embargo, la evidencia acumulada en el ámbito educativo, psicológico y social apunta a una realidad mucho más compleja y, en muchos aspectos, positiva. Los videojuegos no solo entretienen: enseñan, entrenan y desarrollan competencias clave para la vida personal y social.

Uno de los aspectos más relevantes es el desarrollo de la empatía. Muchos videojuegos actuales se basan en narrativas profundas, donde el jugador no se limita a “ganar”, sino que debe comprender motivaciones, dilemas morales y consecuencias emocionales.

Como por ejemplo: ¿conoces Life is strange?

Ponerse en la piel de otro personaje —a veces vulnerable, a veces marginado, a veces enfrentado a decisiones imposibles— favorece la capacidad de comprender realidades ajenas. No se trata de una empatía teórica, sino vivida: el jugador experimenta directamente cómo una decisión afecta a otros personajes y al entorno.

¿No te parece?

En el ámbito de los temas sociales, los videojuegos se han convertido en una potente herramienta de reflexión. Existen títulos que abordan la guerra desde la perspectiva civil, la inmigración, la pobreza, la discriminación, la salud mental o la corrupción. A diferencia de otros formatos, el videojuego no se limita a contar una historia: obliga a interactuar con ella. El jugador no es espectador, es responsable. Esto genera un impacto cognitivo y emocional especialmente significativo en jóvenes, que interiorizan mejor los mensajes cuando participan activamente.

El aprendizaje geográfico y cultural es otro beneficio claro. Muchos videojuegos, como por ejemplo, Assassins Creed, (dios que juegazo) recrean ciudades reales con un nivel de detalle sorprendente. Calles, monumentos, barrios, sistemas de transporte y hasta costumbres locales forman parte del escenario. Jugadores jóvenes pueden familiarizarse con ciudades como Roma, París, Londres, Nueva York o Tokio antes incluso de visitarlas. Este conocimiento contextual facilita posteriormente el aprendizaje académico, ya que los lugares dejan de ser conceptos abstractos y pasan a tener significado.

A nivel cognitivo, los videojuegos favorecen habilidades como la toma de decisiones, la resolución de problemas, la planificación a medio y largo plazo y la gestión de recursos.

El jugador aprende a analizar situaciones, anticipar consecuencias y adaptarse a entornos cambiantes. Estas capacidades son directamente transferibles a la vida real, especialmente en contextos educativos y profesionales donde la flexibilidad mental es clave.

No menos importante es el desarrollo de habilidades sociales. Contra el estereotipo del jugador aislado, muchos videojuegos fomentan la cooperación, la comunicación y el trabajo en equipo. Coordinarse con otros, asumir roles, respetar normas y resolver conflictos forma parte de la experiencia. En entornos online bien acompañados y supervisados, estas dinámicas pueden reforzar la competencia social, especialmente en jóvenes con dificultades de interacción en contextos presenciales.

Desde una perspectiva educativa y preventiva, el valor de los videojuegos no está en el uso ilimitado, sino en el uso consciente y acompañado. Como cualquier herramienta potente, requieren criterio, límites y orientación adulta. No todos los videojuegos aportan lo mismo ni en cualquier edad, pero bien seleccionados pueden convertirse en aliados educativos de primer nivel.

Total, los videojuegos no son el problema en sí.

El problema aparece cuando se usan sin sentido, sin límites y sin acompañamiento. Utilizados de forma responsable, pueden ser una vía eficaz para fomentar empatía, conciencia social, aprendizaje cultural y habilidades fundamentales para desenvolverse en un mundo cada vez más complejo y digital.

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