La propuesta del Gobierno de limitar el acceso a redes sociales a menores de 16 años ha encendido una conversación incómoda, y precisamente por eso necesaria. Cuando una medida genera tanto ruido suele ser porque toca algo profundo: la forma en la que estamos educando, protegiendo… y a veces dejando solos a nuestros hijos en internet.
Quien trabaja en redes sociales y en psicología ve el problema desde un ángulo muy concreto. No se trata solo de pantallas. Se trata de cómo esas pantallas están moldeando emociones, identidad y relaciones sociales en edades donde todo eso aún se está construyendo. Y claro, aquí cada cual está hablando desde su prisma, yo el primero 😉
Y entonces yo me pregunto y os pregunto…
¿prohibir protege… o simplemente tapa el problema?
Lo que dicen quienes están a favor
Las personas que apoyan la restricción no suelen hacerlo por moralismo ni por nostalgia analógica. Lo hacen porque ven consecuencias reales.
En consulta psicológica aparecen cada vez más menores con ansiedad ligada a la comparación constante, con problemas de sueño por el uso nocturno del móvil o con una autoestima que depende peligrosamente de los “likes”. Esto es lo que he podido averiguar de personal sanitario del mundo de la psicología.
Además, la adolescencia es una etapa especialmente sensible. Y lo saben bien quienes «lo tienen en casa».
El cerebro todavía está desarrollando la regulación emocional y el control de impulsos. Exponerlo de forma temprana a sistemas diseñados para captar atención sin descanso no parece precisamente prudente. Lo mismo que no se enseña a conducir antes de los 18 años.
Si miramos alguna estadística de fuentes oficiales, veremos que en España, el uso de internet entre menores es prácticamente universal según cifras oficiales, y el tiempo diario en redes sociales sigue creciendo. No hablamos de algo marginal, sino de un entorno donde están viviendo gran parte de su vida social. Y esto es así, es la realidad de que nos está tocando vivir. Para bien y/o para mal.
Desde esta perspectiva, retrasar el acceso hasta los 16 años se ve como una medida de prevención básica, algo parecido a poner edad mínima al alcohol o a la conducción. O al tabaco.
No porque todo uso sea dañino, sino porque el riesgo en edades tempranas es mayor.
Lo que dicen quienes están en contra
Pero el otro lado del debate también tiene argumentos serios.
Y en esta vida, no todo es blanco o negro, y conviene escuchar ambas partes.
Quienes critican la prohibición total suelen advertir de algo bastante lógico: prohibir no educa.
Un menor que no aprende a moverse con criterio en internet a los 13 tampoco sabrá hacerlo mágicamente a los 16. Es uno de los argumentos, discrepo, pero respeto 😉
También existe el riesgo de que la medida empuje el uso hacia lo oculto: cuentas falsas, dispositivos prestados, menos supervisión adulta. Es decir, menos control real, no más.
También hay una preocupación importante que deberíamos abordar: la privacidad.
Verificar la edad de millones de menores implica recopilar datos sensibles. Si esos sistemas no se diseñan con extremo cuidado, podríamos estar creando un problema nuevo intentando resolver otro.
Y, por último, está la dimensión social. Para algunos adolescentes —especialmente quienes se sienten diferentes o aislados— las redes son un espacio de apoyo, pertenencia y expresión. Cerrarlo sin ofrecer alternativas puede aumentar la sensación de desconexión.
Pero entonces, ¿estamos debatiendo la edad o qué estamos debatiendo?
En un intento de observar el debate con cierta distancia, me surge una sensación clara:
estamos discutiendo la puerta de entrada cuando el verdadero problema está dentro de la casa.
Porque el riesgo no nace solo de la edad, sino de tres factores combinados:
-
Plataformas diseñadas para maximizar tiempo de uso.
-
Falta de educación digital real en familias y escuelas, (por eso soy tan pesadico con la formación en redes…)
-
Adultos que tampoco entienden del todo el entorno donde viven sus hijos.
Si esos tres elementos no cambian, mover la edad legal puede ayudar… pero difícilmente será la solución completa.
Entonces, ¿Qué sería lo mejor?
Pues depende a quien preguntes, ¿verdad?
Yo abogo por seguir utilizando las tecnologías, porque son útiles, divertidas…. pero con ciertos límites. Y sí, podemos darle
Una conversación que en realidad habla de adultos
Entonces yo os abro debate:
Quizá el debate sobre los menores sea, en el fondo, un debate sobre nosotros.
Porque hemos sido los adultos quienes hemos abierto la puerta sin medir las consecuencias.
Quienes entregamos móviles cada vez antes.
Quienes muchas veces pedimos a la tecnología que haga el trabajo educativo que nos corresponde.
Por eso la pregunta importante no es solo si deben tener redes antes o después de los 16.
¿estamos preparados para enseñarles a vivir en un mundo digital que ni siquiera nosotros comprendemos del todo?
Ahí está el verdadero desafío.
Me gustaría saber tu opinión, déjamela por aquí o en redes 😉
Y por cierto, si quieres formarte un poquito sobre estos temas y otros de interés, pincha AQUÍ.

