En un primer vistazo podría parecer que las redes sociales son simplemente una extensión más del patio de recreo, solo digital. Un lugar donde los adolescentes comparten fotos, memes, tendencias y música con sus amigos. Pero bajo esa superficie brillante y aparentemente inocua se esconde un paisaje mucho más complejo y, en ocasiones, doloroso.
La realidad es que las redes sociales han cambiado radicalmente la infancia y la adolescencia.
Ya no hay separación clara entre el tiempo “en línea” y “fuera de línea”: es todo un mismo mundo. Y en ese mundo digital, los menores no siempre están preparados para gestionar lo que encuentran.
Detrás de cada pantalla hay una mente joven que interpreta cada like, comparación o comentario como si fuera una conversación cara a cara. El algoritmo, diseñado para maximizar atención y engagement, no distingue entre entretenimiento y riesgo. Como en una jungla: cuanto más tiempo pasas allí, más incentivos hay para seguir dentro, aunque eso suponga exponerte a contenidos nocivos, comparaciones compulsivas o dinámicas de presión social que un adulto tardaría años en aprender a gestionar.
Y ese contexto no es solo una teoría sociológica: está ocurriendo delante de nuestros ojos.
Los informes de expertos en salud mental auguran una crisis si no se toma en serio la influencia de estas plataformas en la autoestima, el desarrollo emocional y las relaciones sociales de los menores. Pero la mayoría de esas cifras no cuentan lo que realmente importa: la experiencia humana detrás de cada número.
Este es el terreno que explora Redes Mortales, mi nueva novela, donde un instituto deja de ser un escenario seguro y se convierte en el epicentro de una trama oscura relacionada con las redes sociales y sus sombras. Cuando el cuerpo de un estudiante aparece sin vida tras recibir un misterioso mensaje en línea, el detective Daniel Rojas se ve arrastrado a un laberinto de secretos, mentiras y manipulación digital. No es solo una historia de crimen; es una reflexión sobre cómo las conexiones que parecen más ligeras pueden tener consecuencias profundas.
Mi obra se adentra en esta pregunta inquietante: ¿qué ocurre cuando un medio diseñado para conectar a los jóvenes termina manipulando, exponiendo o incluso destruyendo vidas?
Así lo puedes descubrir y reflexionar con esta lectura:
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Es posible —y urgente— hablar de educación digital desde una perspectiva realista. No basta con limitar horarios o establecer contraseñas. Ello requiere acompañamiento, comprensión de las dinámicas de presión social y, sobre todo, conversación. Los niños y adolescentes necesitan herramientas que les permitan entender el valor de su identidad más allá de un like, que sepan poner distancia cuando algo no les hace bien, y que comprendan cuándo algo es manipulación y no solo entretenimiento.
Cada vez que un adulto se acerca con sinceridad al mundo digital de un menor, no solo se construye un puente de comunicación: se construye confianza y seguridad.
Ese acompañamiento es tan vital como enseñar a cruzar una calle con cuidado o a enfrentarse a un grupo nuevo de amigos en el colegio.
La historia de Redes Mortales no es solo ficción. Es una invitación a la reflexión, un espejo que nos obliga a considerar cómo el mundo digital conecta con nuestras vidas reales.
Porque cuando las redes dejan de ser espacios de ocio y se convierten en escenarios de riesgo, todos —padres, educadores, jóvenes y sociedad— tenemos la responsabilidad de entender lo que está ocurriendo y actuar con sentido común y humanidad.

